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La participación del actor y cineasta mexicano Gael García Bernal en el 37.° Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y el Festival Internacional de Cine y Foro sobre Derechos Humanos (FIFDH) amerita una reflexión crítica sobre el papel que juegan las celebridades en la promoción de derechos humanos. Entender la limitadísima –o nula– influencia que las celebridades tienen en el escenario de los derechos humanos y el humanitarismo implica desvirtuar mitos acerca de su rol como representantes de aquellos que claman justicia, o de su papel como movilizadores de masas, poniendo así en evidencia los desequilibrios de poder entre las partes involucradas.

Sin poner en duda las buenas intenciones del actor, su más reciente labor de promoción y defensa de derechos humanos en el contexto de violencia e impunidad en México es un claro ejemplo de estos desbalances.

Desde hace varias décadas acudir a celebridades es una práctica común de organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales, bajo el entendido que estas pueden difundir denuncias de violaciones de derechos humanos a múltiples audiencias y mediar entre el público en general y las élites, ofreciendo nuevas formas de “enganchar” al público[i]. Los cambios en el consumo mediático han incrementado la importancia de las celebridades en tareas de promoción y protección de derechos humanos[ii].

Sin embargo, recientes estudios han concluido que, pese a que el activismo de las celebridades ocupa una porción significativa en los medios, paradójicamente no captan la atención del público y, por el contrario, generan una desconexión entre el público y la política, yparticularmente entre el público y las organizaciones de la sociedad civil cuyas demandas intentan ser representadas[iii].

Lo que sí ha sido demostrado es que la actuación de las celebridades en estos escenarios sirve realmente para generar mecanismos para que las organizaciones internacionales y las ONG trabajen con las élites corporativas y políticas.

Por lo tanto, la colaboración de las celebridades es buena para sostener el sector de las organizaciones de derechos humanos, pero no para conectar con la población, y mucho menos para atacar las problemáticas de derechos humanos, desarrollo o crisis humanitarias [iv].

 

Así, no es cierto que las celebridades sirvan de “puente” entre los grupos de víctimas y las élites responsables o tomadoras de decisiones. Realmente, las celebridades intermedian -no siempre con éxito- entre las organizaciones internacionales o las ONG y las élites corporativas o políticas interesadas en el espectáculo mediático que los famosos atraen. Esta dinámica implica que, de un lado, las celebridades son el centro de atención, acaparando el cubrimiento de los medios de comunicación y el interés de las élites; y de otro lado, invisibiliza a las víctimas, exacerbando el desequilibrio de poderes entre las partes involucradas[v].

 

Las celebridades, “los otros” y el público

 

En las intervenciones de Gael García Bernal en el marco del 37.° Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y el FIFDH un tema fue particularmente notorio: representación. En múltiples ocasiones el actor se refirió a su papel como representante de aquellos que sufren violaciones a sus derechos, de aquellos que exigen la aplicación de estándares internacional de derechos humanos, pero también “de aquellos que no saben o no quieren saber acerca de esto”[vi].

Que las celebridades hablen de representación en estos escenarios es un asunto problemático. De un lado, en su mayoría, las representaciones que hacen las celebridades están basadas en la “política de la lástima” y en la distancia entre la celebridad y “el otro”, generando denegación e imágenes equivocadas acerca de las necesidades de los individuos y/o colectivos que exigen justicia[vii].

 

 

De otro lado, hoy por hoy las celebridades tienden a eclipsar la voz de las víctimas invisibles, distantes e innombradas, llamando la atención a sus visibles y más íntimas experiencias. En esta medida, la relación entre el espectador y el afectado se desplaza por una relación entre el espectador y la celebridad, promoviendo en el público una posición narcisista de altruismo en vez de una disposición de compromiso por causas humanitaritas[viii]. Finalmente, las formas de distancia en los reportes de los medios no promueven un interés serio y riguroso por “los otros”[ix].

Sin entrar a cuestionar sus motivaciones, el actor refleja estas críticas. En sus declaraciones, García Bernal no se refirió a situaciones, víctimas o comunidades particulares, haciendo alusiones generalizadas sobre los afectados, y el dolor, el sufrimiento y la angustia que estas situaciones generan en las víctimas y en la sociedad en general[x]. No obstante, se refirió constantemente a su experiencia personal: lo peligroso que es para él como cineasta ingresar a ciertas zonas del país[xi], lo harto que está de la situación de violencia e impunidad[xii], y su preocupación por llegar a los 40 años con una situación sistemática de violencia e impunidad en su país[xiii].

Aunque el cubrimiento mediático no fue masivo (¡A diferencia del cubrimiento de García Bernal cantando en los premios Oscar!), la prensa hizo eco de estos tres puntos[xiv], haciendo especial énfasis en las declaraciones del actor y su papel como representante de los mexicanos, reduciendo a un par de líneas la descripción sobre la situación de impunidad y violencia que atraviesa México.

Queda claro, entonces, que cuando se involucra a celebridades en actividades de promoción de derechos humanos – especialmente aquellas donde se busca movilizar y concientizar al público en general-, son estas quienes tienden a dominar los espacios mediáticos, debilitando la voz y la experiencia de las víctimas y de las organizaciones de derechos humanos que les acompañan[xv].

Estos problemas de representación generan un pobre entendimiento sobre las situaciones que se pretenden denunciar[xvi] y la simplificación de la víctima y el perpetrador[xvii]. En consecuencia, las acciones de promoción de derechos humanos por parte de celebridades no conducen a ningún cambio significativo en términos de concientización acerca de la situación y/o necesidades “de los otros”, ni tampoco transforman la actitud del público al respecto[xviii].

 

Las celebridades, organizaciones no gubernamentales y las élites

Las actividades de promoción y defensa de derechos humanos de las celebridades son por y para las élites[xix]. Dada su fama y notoriedad, las celebridades ocupan una posición privilegiada dentro de la élite de la sociedad civil transnacional[xx], que les permite dialogar directamente con instituciones de gobernanza internacional, instituciones estatales, líderes mundiales y multinacionales.

Como intermediarios entre las organizaciones internacionales, ONG y las élites, las celebridades son enroladas y, en cierta manera, entrenadas para ser los portavoces, interlocutores y -especialmente- recaudadores de fondos, convirtiéndose en una herramienta fundamental para mantener la presencia de las organizaciones de derechos humanos en el escenario mundial[xxi]. De esta manera, las celebridades también han asumido un nuevo rol como actores en las relaciones Norte-Sur[xxii].

La presencia del actor mexicano en el pasado Consejo de Derechos Humanos debe ser leída en esta lógica. No solo porque las organizaciones de derechos humanos que promovieron su visita claramente mencionaron el rol de “portavoz” que el actor juega en estos escenarios[xxiii], sino también porque sus mensajes iban específicamente dirigidos a Naciones Unidas solicitando la creación de un mecanismo especial de supervisión para México[xxiv] y propendiendo por la interacción entre este organismo internacional, el Estado mexicano y la sociedad civil mexicana[xxv].

También cabe destacar que, por ejemplo, García Bernal hizo dos de sus tres intervenciones públicas en inglés en un intento de generar un diálogo con las élites de gobernanza internacional (aunque paradójicamente cuando intervino ante el Consejo directamente lo hizo en español). Y, por supuesto, los escuetos reportes de los medios de comunicación se enfocaron principalmente en esta interacción entre élites (Gael García Bernal y Naciones Unidas), sin hacer mención alguna a la situación de violencia e impunidad en México.

Ahora bien, el lobby de las celebridades en estos espacios no garantiza que los llamados a tomar acciones asuman compromisos para prevenir o poner fin a graves violaciones de derechos humanos, ni mucho menos que se asuma la responsabilidad por el incumplimiento de estándares internacionales de protección de derechos humanos[xxvi].

Sumado a ello, cuando las organizaciones de derechos humanos acuden a las celebridades para que intermedien en los círculos de élite, inevitablemente se amplía la distancia entre las ONG o las organizaciones internacionales y los individuos y/o colectivos a los que supuestamente sirven y acompañan.[xxvii]

Así las cosas, pareciera que el activismo de las celebridades en tareas de promoción de derechos humanos y humanitarismo es una herramienta útil para atraer la atención y dinero hacia las organizaciones de derechos humanos, pero no para enfocarse en “los otros”[xxviii].

 

En conclusión, y como la visita de García Bernal pone en evidencia, la participación de las celebridades en acciones de promoción y defensa de derechos humanos está basada en el desequilibrio de poderes en donde la celebridad –queriéndolo o no– es la protagonista, intermediando por y para los intereses de las élites políticas y corporativas y las organizaciones de derechos humanos, e invisibilizando por completo los intereses y necesidades de los afectados y las víctimas de graves violaciones de derechos humanos[xxix].

Ahora bien, no es cierto que las celebridades sean la razón de este desbalance. Infortunadamente, el activismo de las celebridades también se ha convertido en una herramienta de poder en estos escenarios, y el cómo su participación es manejada puede permitir cambios significativos para dar voz y presencia a las víctimas, o simplemente prolongar su invisibilización.

En este sentido, es necesario hacer un cambio de estrategia desde las mismas organizaciones internacionales y ONG, en donde las celebridades puedan ser voceros y portavoces de los derechos humanos desde sus propias esferas de acción (cine, televisión, prensa, etc.), en vez de privilegiar y manipular su participación en los escenarios de derechos humanos y humanitarismo[xxx]. Asimismo, tampoco es cierto que recurrir al activismo de las celebridades genere per se un distanciamiento entre las víctimas y las organizaciones que les acompañan.

En este punto, es crucial que las ONG y organizaciones internacionales sean estratégicas para redirigir la atención recibida en la búsqueda de soluciones o respuestas concretas para visibilizar la situación de las víctimas, de lo contrario la participación de las celebridades quedará en el número de reproducciones del video de Youtube o en los reportes superficiales de los medios, sin generar impacto alguno en el día a día de las comunidades e individuos que exigen justicia y compensación por las graves violaciones de derechos humanos.

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